lunes, 5 de agosto de 2013

Un verano de camping

El verano está de nuevo con nosotros, en pleno apogeo. En el lugar donde vivo en España las temperaturas no han bajado de 30 grados centígrados en los últimos días. Hace calor, mucho calor.

Me gusta el sol, la playa, el mar, la arena…, pero me pasa que llega un momento que me gustaría escaparme a la montaña o a la campiña, a un lugar un poco más fresquito.

Por eso este año, una parte de nuestras vacaciones las pasaremos en una hermosa zona de Cataluña, en La Garrotxa, en la provincia de Girona.

Y esta vez haré algo que si acaso he hecho una sola vez en mi vida:  me voy de camping con mi hija a vivir la aventura de dormir en una tienda de campaña, de disfrutar de la naturaleza, de hacer lo que nos apetezca, de mecernos en una hamaca, leer a la luz de una linterna y cenar mirando las estrellas.

Justo ahora estoy preparándolo todo, tengo una lista detallada de lo que necesito llevar para hacer que esta aventura sea lo más divertida posible. Ya tengo la tienda, los sacos de dormir, la cocinita portátil, la mesita para comer, las colchonetas, una linterna, la lámpara…y paro de contar, porque la de artefactos que llevo es impresionante.  

Creo haber navegado por internet lo suficiente buscando tips y consejos de expertos en esto del camping, como para sentirme más o menos confiada en que todo saldrá bien, aunque estoy clarísima que solo lo sabré cuando estemos allí y vivamos la experiencia!

Mi hija me pregunta todos los días cuándo nos vamos. La verdad es que yo estoy tan ilusionada como ella. Ya contaré cómo va todo.

 

 

viernes, 21 de septiembre de 2012

Viajar con mi hija


Escribo esto antes de que se me vaya completamente el saborcito de las vacaciones de verano. En la vorágine del día a día, yo de vuelta al trabajo y mi hija de regreso en su colegio, es fácil sentir que el descanso y el placer quedaron atrás. Pero lo recupero esta noche para contarles que la verdad es que salir de viaje con mi hija de 5 años es un verdadero placer.

!Todo listo para viajar¡ Foto: Mariusa Reyes
Mi pequeña es toda una aventurera y disfruta de los paseos, especialmente cuando vamos en el carro (el coche como dicen aquí en España). Desde muy pequeña ha viajado. Cuando apenas tenía dos meses y medio la llevamos en su primer viaje, que dicho sea de paso, fue maratónico.  Con mi hermana y mi cuñado viajamos desde el DF hasta Oaxaca, en el sur de México, en un carro alquilado y por un camino hermoso, de carreteras sinuosas y estrechas que nos llevó un poco más de seis horas.

Nuestro destino final eran las playas de Huatulco y sus alrededores. Paramos en Oaxaca unos días para conocer esa fascinante parte de México y descansar un poco antes de seguir a Huatulco. Al llegar a Oaxaca todos, incluída por supuesto mi pequeña, estábamos exhaustos. Durante la cena comentamos lo valiente y tranquila que se había portado durante todo el viaje. Desde allí supimos que sería una buena viajera.

Este verano fuimos a Collioure (en Francia) yo manejando por primera vez mi carro, solas mi niña y yo. Desde Barcelona es un trayecto que toma unas tres horas y de nuevo tengo que decir que Lucía no sólo se portó super bien, sino que disfrutó del paisaje, cantamos y hablamos- algo que a las dos nos encanta hacer- y hasta durmió plácidamente una buena parte del camino.

Como a mí me encanta viajar, cosa que he hecho desde que era muy joven, me fascina esto de tener una hija tan aventurera, adaptable, curiosa y flexible. En muchos aspectos - y éste es uno de ellos- me recuerda a mi mamá, que siempre fue una excelente compañera de viaje. Así que sueño con llevar a mi hija a conocer mundo, segura de que lo va a disfrutar plenamente.

 

 

viernes, 6 de abril de 2012

"Mamá, mira lo grande que estoy"

Mi hija está creciendo!  No que yo no supiera que iba a crecer (es la la ley de la vida…),  sólo que me toma un poco por sorpresa lo rápido y acelerado que es todo este proceso de ver madurar a los hijos.

Mi pequeña – que aún es pequeña, tierna e ingenua -, tiene apenas cuatro años y medio. De la noche a la mañana en estas vacaciones de Semana Santa parece haber crecido a pasos gigantescos. Ya es consciente del encanto y la fascinación que genera lo bella que es (y no debería decirlo yo que soy su madre, pero es la pura verdad, es bella!) de sus maneras tan dulces y cordiales, y esa simpatía que desborda donde quiera que va.

Hace apenas unos meses, la vestía yo cada mañana. Ahora quiere vestirse sola y decide qué ropa ponerse. Y yo la dejo, no me queda otra, está creciendo y haciéndose independiente. Quiere hacerlo todo ella sola, aunque todavía quiere a mamá cerca, en caso de que necesite la ayuda maternal.

Habla sin parar, opina sobre cualquier cosa, todo lo sabe. Escucha con atención lo que se dice, no se le pasa nada, cree saberlo todo.  Está creciendo sí, pero al mismo tiempo todavía sigue siendo tan vulnerable y dependiente como cuando era una bebé.  


lunes, 5 de septiembre de 2011

Entretiempo

¿Qué hacemos las madres y los padres durante este inclemente entretiempo, ese limbo que transcurre entre el verano que se acaba (aunque todavía haga un calor de los mil demonios) y el regreso al cole? Buena pregunta. Y la hago porque mientras yo y muchos otros padres y madres ya regresamos al trabajo después de darnos unas cuantas zambullidas en el mar, tostarnos al sol como pollos a la brasa y pasarla bien con nuestros hijos, éstos todavía siguen de vacaciones, eternas vacaciones que parecen no acabar nunca!

Pues bien, cada quien se las ingenia como puede. Después de las tres semanas de descanso que me tocaban en mi nuevo trabajo, tuve la suerte de que mi hermano Pedro que nos vino a visitar desde Venezuela, no tuvo reparos en hacer de canguro o babysitter durante los primeros días de su estadía en Barcelona. Una experiencia totalmente nueva para él y que disfrutó enormemente, respondiendo lo mejor que pudo a las incesantes preguntas de por qué, por qué y por qué de mi pequeña de cuatro años.

Una semana duró el babysitting de mi hermano y ¿ahora qué? me pregunté con cierta ansiedad. Pues bien, junto con una amiga que pasaba por el mismo problema que yo, decidimos contratar  una canguro para que estuviera con nuestras hijas, que además son amiguitas desde pequeñas, y las entretuviera mientras sus madres nos íbamos a trabajar. La experiencia ha resultado de lo mejor. Con Natalia, que además les habla en inglés todo el tiempo, se la han pasado super bien. La opción nos pareció mejor que volver a inscribirlas en otro campamento de verano. Mi amiga puso su casa a la orden, compartimos el costo de la canguro por las dos semanas, y una contribución por la comida y las salidas que hacen que pueden incluir antojistos de heladitos, chuches, etc. Creo que como madres mi amiga y yo fuimos bastante creativas y todo nos ha salido requetebien. 

¿Qué han hecho ustedes con los hijos en el entretiempo? Me encantaría saber, espero sus comentarios.

miércoles, 1 de junio de 2011

Como esponjas y loritos

Las madres no dejamos de sorprendernos de lo que nuestros hijos pueden decir o hacer a edades tan tiernitas como la que tiene mi hija, tres años y siete meses. Y es que esta historia de que son como esponjas que todo lo absorben, y como loritos que todo lo repiten es tan cierta... Lean estos brevísimos fragmentos de los comentarios y preguntas que hizo mi pequeña el otro día mientras compartíamos con la familia y amigos el histórico partido entre el Barça y el Manchester United:


- Vamos…, a correr para el otro lado, – le gritaba a los chicos de Guardiola cuando estos se alejaban demasiado del terreno del Manchester, donde tenían que estar.

- Ufff, por poquito! Exclamó varias veces imitando la expresión de alivio de nosotros los adultos cada vez que el Barça estaba a punto de meter un gol pero no lo lograba.

- ¿Por qué mami? ¿Por qué hacen eso?, preguntó extrañada al ver que los jugadores saltaban y se abrazaban cada vez que marcaron los dos hermosos goles con los que le ganaron al Manchester.

- Ah! Qué bien jugaron! Fue la correcta sentencia que emitió al terminar el juego.

- ¿Y eso qué es? ¿Una copa? Ah si, como la tuya mami - dijo señalando la copa de vino que yo tenía en mis manos para celebrar – pero más graaaaande, claro!

Como nos reímos esa noche por el triunfo y por las divertidas ocurrencias de mi niña.

martes, 26 de abril de 2011

A paso de tortuga...no, de caracol.

Todavía no puedo creer lo que me pasó hoy. O estoy perdiendo la cordura o la estoy recobrando a punto de maternidad. Sinceramente, creo que es lo último, y eso me hace feliz.


Resulta que este primer día de colegio, después de las vacaciones de Semana Santa, decidí cambiar un poco nuestra rutina matutina para permitirnos tener un poco más de tiempo para todo.

La noche anterior puse la alarma para que sonara veinte minutos antes de lo acostumbrado. Cuando sonó, en lugar de quedarme en la cama “cinco minuticos más por favor”, me levanté enseguida y me fui a dar una vigorosa y revitalizante ducha de agua tibia (todavía no me atrevo con el agua fría, aunque ya se fue el invierno).

Enfundada en mi bata de baño y con una toalla tipo turbante en mi cabeza para secarme el cabello, me fui a la cocina a prepararme un rico café. Me senté en el sofá de la sala de estar a saborear mi cafecito y a meditar un poco, o más bien, a pensar en nada (si tal cosa es posible).

Con la misma sorprendente calma me vestí, me sequé el cabello, me puse la cremita anti-arrugas, me rocié el perfume preferido y hasta tiempo tuve para maquillarme meticulosamente. Todo en paz, casi en estado de levitación total.

A todas estas, mi pequeña Lucía aún dormía profundamente. Cuando se despertó, ella también parecía estar contagiada de esta inusual calma. Sonriente accedió a levantarse, sin quejarse y sin decir que no quería ir al cole, lo que hace algunas veces. En ese punto, comencé a preguntarme qué nos estaría pasando, pero decidí aceptar los hechos y no cuestionar nada.

Desayunamos en paz, devorando hambrientas nuestros platos de cereal. Lucía prácticamente se vistió sola, me dejó que le cepillara los dientes sin rechistar y se puso la chaqueta a la primera vez que se lo pedí. La toqué a ver si tenía fiebre o algo; me pellisqué en el brazo para asegurarme de que no estaba soñando.

Miré el reloj y me di cuenta de que todavía era demasiado temprano para salir, aún teníamos tiempo de sobra, así que aprovechamos para leer uno de los cuentos preferidos de Lucía (insólito, jamás podemos hacer eso en las mañanas).

Salimos de casa y caminamos tranquilas hasta la parada del autobús. Esta vez tomamos uno que pasa más temprano al que usualmente abordamos. El trayecto hasta el colegio, que normalmente caminamos un poco apuradas, lo hicimos a paso de tortuga, haciendo tiempo para no llegar al cole demasiado temprano y encontrarnos las puertas cerradas aún.

A ese paso, típico de paseo dominguero, puede uno ver muchas cosas a las que normalmente no prestas atención, al menos no en un día de semana. Vimos por lo menos una docena de alegres pajaritos, unas hermosísimas rosas amarillas en un jardín envidiable, un abuelo con cara de felicidad contándole una divertida historia a su nieto y… un CARACOL. Si, un CARACOL.

Yo tenía años que no veía un caracol de verdad. Lucía y yo nos quedamos fascinadas, observando cómo se movía, con su característica parsimonia y lentitud, congeniando con un grupo de hacendosas hormigas en plena faena. Allí nos quedamos un buen rato, hasta que miré el reloj y me percaté de que ahora si debíamos apurarnos porque de lo contrario llegaríamos tarde al cole. Ay, ¡qué estrés!











martes, 29 de marzo de 2011

El autobús, la pataleta y una taza de té.

Creo que mi hija, de tres años y medio, me está pasando factura. Con ello quiero decir que pareciera que estuviera cobrándome el hecho de que la haya dejado unos días (quince para ser más exacta) para irme de viaje a Londres.

Digo esto porque lleva ya más de una semana haciendo unas pataletas horribles. No ha sido todos los días, pero con la suficiente frecuencia como para ponerme los nervios de punta. La mayoría las ha hecho cuando estamos en casa, pero al menos un par de veces estas pataletas las ha hecho en la calle, en público.

La de hoy fue mientras íbamos en el autobús, nada más y nada menos, ya de regreso a casa, después de recogerla en el colegio y llevarla a jugar un rato al parque. El lío que armó porque no quise comprarle un dulce de chocolate (ya era cerca de la hora de cenar), fue de película.

Imagínense la escena: el autobús repleto de gente hasta el tope, ella sentada en mis piernas en el único asiento que minutos antes un joven y fornido caballero finalmente nos cedió, ella moviéndose como si fuera una lavadora en el ciclo de spin, en un esfuerzo por librarse de mi firme abrazo. Sus gritos casi me dejan sorda, no sólo a mí, sino a todos los pasajeros, algunos de los cuales me miraban como si yo fuera el lobo y mi hija la Caperucita Roja.

Nunca en mi vida había sentido con tanta urgencia la necesidad de respirar hondo, bien hondo y profundo, para mantener la calma y la cordura. Entre tantas miradas, logré divisar la de una madre solidaria y compasiva que me sonrió como diciéndome “tranquila, todas las madres pasamos por esto, ya se calmará”.

Y si, se calmó, pero sólo después que llegamos a casa. El tiempo que duró la susodicha pataleta pareció una eternidad. Ambas quedamos exhaustas; después de la cena ella se quedó dormida como un angelito. Mientras tanto, yo apenas tuve fuerzas para comer algo, ducharme y sentarme a escribir estas líneas, con una taza de té de manzanilla al lado de mi laptop.

Y yo que pensaba que esto de las pataletas era una etapa superada ya!